Y en estas llegó Dongzhou. Con Hu lanzado a visitar el mundo, expandiendo la esperanza del dragón por todos los confines de la tierra, vendiendo el suculento pastel rojo allende las fronteras del gigante asiático. Y con los respectivos líderes mundiales babeando ante el suculento pastel comercial. Que si China es el futuro, que si los pueblos hermanados, que si la paz internacional...
Decía que llegó Dongzhou, una localidad de la provincia de Cantón, donde un mínimo de tres personas murieron el 6 de diciembre por la represión policial china. Otras fuentes, no autorizadas, hablan de hasta 20 ciudadanos abatidos a tiros cuando se manifestaban por una expropiación de tierras.
Este motivo subyace igualmente en la brutal paliza que 40 matones a sueldo propinaron a unas monjas en la ciudad de Xian. El trasfondo de estos sucesos, que despiertan el fantasma del "incidente" -así tratan este tabú los chinos dóciles y bien adoctrinados- de Tiannamen, radica en la corrupción, extendida por los gobiernos locales.
Expropiación, corrupción, y otras "bondades" se repiten, si no a diario, sí frecuentemente en China. Un problema para la locomotora roja, que ha arrancado con mucha fuerza en su camino a la occidentalización, dejándose en cola uno o varios vagones que parecen haberse desenganchado. Las masas de campesinos en la absoluta pobreza contrastan con el vertiginoso crecimiento de grandes metrópolis como Beijing o Shanghai.
Sin embargo, y aunque los adeptos al gobierno van en receso, mucha de la gente de a pie -de los que no pasan hambre, es sí- confían ciegamente en las capacidades del Partido Comunista, que equivale a decir el gobierno, para sacar adelante el país, y después de una primera etapa de modernización, mirar atrás y recoger el lastre soltado en un principio.
Ese lastre son millones de personas, para los que el teléfono móvil con televisión, los Juegos Olímpicos, o internet, simple y llanamente, no existen. Obligados a emigrar a las ciudades, ante la miseria rural, no encuentran más que nueva miseria, ésta urbana. Choca mucho ver cómo avanza Pekín en su carrera olímpica: a base de peones de la construcción que literalmente viven y mueren en la obra, donde el ruido de taladradoras y camiones rompe el frágil silencio de la noche, ya que estos "olvidados" no paran en 24 horas, construyendo algo que puede no lleguen a ver ni a disfrutar nunca.
Sólo son cosas del dragón que despierta... Y de la confianza ciega de los chinos, cuya idiosincracia desconcierta al más pintado. O mías, que para cegado yo, con mi punto de vista de expatriado occidental.
Carlos — 16-12-2005 19:36:11