Chiquitán, chiquititántántán. Chimo Bayo acaba de llegar a China. Con alrededor de 15 años de retraso, y tras su exitoso periplo por recopilatorios ilustres de la talla de "Máquina Total Mix", "Boom" (Series 1-28), "El Golfo", o el épico "Bolero Mix", el tecnotrón por excelencia le ha ganado la partida a la Lambada o Elegibo, albores de la actual salsa-breakdance, y ha conquistado en mercado amarillo.
Fue el otro día cuando, cegado por el hastío el modo de vida expatriado, decidí armarme de valor junto a un compañero y acudir a una discoteca llamada JJ, que cae al lado de casa, y que se anuncia con un enorme letrero rojo en lo más alto de un... hospital. Curiosamente, este recinto sanitario, en vez de entrada de urgencias, tiene entrada a tamaña discoteca. En el fondo no está mal, si te tuerces un tobillo jugando al cricket -que es de lo mejor que te puede ocurrir en Pekín en caso de tener que pasar por urgencias- y no hay sitios, te despachan a la discoteca, que es como anestesiarte, pero a lo bestia.
En JJ, no entienden de chill out, flamenco chill, house, o leches refritas noñas del pijos electrónicos. En JJ tienen el espíritu de la ruta de bakalado, y no el de Bilbado, el de Valencia. Sí, ese camino más propio de epopeya mordoriana de Tolkien que de zona de copas de un Teruel cualquiera. Ese adalid del peligro en forma de "nanos" y "chaqueticas" que tan de moda estuvo antaño y que hoy parece de capa caída. Son las cosas del Levante español, que de tanto viento, acaban cascándose por nada menos.
Pues sí, señores, volviendo al trapo, Chimo Bayo, esté donde esté -y dicen que vive en una isla con Morrison, Cobain y Presley-, va a ver como le empiezan a ingresar derechos de autor los de la SGAE, porque ahora está de moda en China, o al menos en Pekín, o al menos en la JJ, en Xinjiekou, donde te sientas en un sofá en plan VIP, cosa que en tu vida has hecho en la Ibérica, y pides un "snack" nocturno, palabras textuales de la carta y/o menú, esperando unas palomitas o unas galletitas saladas, o unos biscotes, o qué se yo, y te sacan unos trozos de pato semicongelado ultrapicante, y un vaso de agua de grifo por si te mueres del susto. Y me he cargado toda norma de redacción a no poner ni un solo punto en todo el párrafo. Cosas de principiantes.
En el dantesco anfiteatro venido a menos, estaban las mesas, en los laterales y "gradas", y en el centro la tradicional cabina de los DJ´s, que eran tres: Tony Genil en chino con 27 años y una melena naranja a la altura de los sobacos, uno indescriptible -sí amigos, indescriptible- y por último, y no por ello menos importante, el propio Chino Bayo. Todo ello aderezado con Fernando Esteso (seguimos en versión china) con 20 pulseras fuorescentes bailando en un podio completamente tajado, y una suerte de gogos sacadas de "Entrevista con el Vampiro" y guiadas por un joven con una pantaloneta blanca de cuero de la selección italiana que logró el Mundial de Naranjito, y una blusa cosida a partir de las cortinas de un edificio de Hacienda. Ese sí era el alma máter del recinto, yo creo que te miraba y te quitaba el alma. Total, aquello no era una discoteca, era uno de los templos mundiales del techno, y yo, absorto en una barandilla de la zona VIP, estuve allí para verlo, y por supuesto, para bajar a la pista...
¿Qué decir de la pista? En primer lugar, cuando voy a entrar sale corriendo uno de los de seguridad, que van vestidos con trajes boxer de "55 días en Pekín", y me dice que deje la Coronita, que no se puede beber abajo, en el coso. Censurado para empezar, reentro. Esta vez libre de miradas o recelos, y nada más entrar, junto a un amigo, echan un soplo de estos de gas blanco de discoteca de pueblo que produce un sonido similar al de la apertura de una lata de Schweppes (ojo que lo he escrito correctamente), pero con una diferencia: aquí no se veía nada, absolutamente nada. Yo claro, que soy un hombre frío y calculador, me detuve en mi baile del Orinoco, y pensé "Estoy en el infierno. Me lo merezco", pero tras diez segundos comencé a ver extremidades (una pierna, un brazo, una cabeza...) moviéndose, y a los veinte ya reconocía los cuadros de la camisa de mi amigo, por lo que volví a la calma.
Sinceramente, hubo un momento en el que creí que iba a aparecer Caronte chino en una bicicleta para pedirme dos euros y mandarme al Hades de cabeza. Pero no, lo que apareció fue una china gorda y fea sonriendo no se a cuento de qué. Bueno sí, imaginemos a dos chinos con trajes de chino en cualquier discoteca de medio pelo española, gritando sandeces en chino y paralizándose desorientados cuando sale humo (o gas lacrimógeno) de la pista... Pues yo era uno de ellos el otro día. Así que, para evitar posibles represalias, nos marchamos, por la puerta grande, con la cabeza alta, y con una extraña sensación que ahora sí, no alcanzo a definir, aunque aquello de "Exta Sí, Exta No", siga retumbando en mi cabeza...
Carlos — 12-12-2005 12:20:18
Farruko — 16-12-2005 18:28:53