En la década de los noventa, al menos en lo que al aquí presente concierne, el repetidor era una figura particular y especial en las aulas. Recuerdo que cada año, a comienzo de curso, yo, xove cachorro en proceso educativo, afrontaba ese primer día de retorno al entorno lasaliano con una curiosidad notable, no ya sólo por volver a ver a los compañeros después de un verano de tirachinas riojanos, caravanas europeas y tardes en la piscina del Aeródromo cordobés - con bocata de jamón con pan tumaca, raqueta Snauter y el balón Etrusco de Italia 90´ de Eraso, cuando no un Tango mejicano fluosforescente - sino también por el canguelo supremo de conocer a ese fichaje anual de las diferentes clases: El Repetidor.
El Repetidor (Moi, Dela, Mas, Ponce, Larios, Supermix, Ceular, Guillem, etc...) Ya de por sí sus nombres acojonaban. Frente a los mostachos cantinfleros de pescaditos aún por pubertar, el repetidor irrumpía ese primer día de clase con una tupida sombra sobre su rostro, cubriendo el acné ya cicatrizado y eructando con impunidad. Había varios tipos, desde el guaperas pijorrín lelo con Levi´s cuyo coeficiente intelectual no daba para más, pasando por el gordo devorador de bocadillos amante del abrazo del oso, hasta el siniestro heavy atormentado con los cascos puestos en clase.
El Repetidor aglutinaba sabiduría pero era un vago. Eso sí, siempre y cuando fumara (El que no fumaba, era un canelo e incluso podía acabar convertido en un empanado más, adquiriendo de esta forma el potencial para convertirse en Bill Gates). Repetidor repartidor de mariaculillos y collejas a su antojo. El fumador mandaba y operaba, rodeado de leales drugos a los que vendía por un plato de lentejas. Doctorado en iniciación sexual adolescente y Catedrático de la Calle, el repetidor despertaba miedo y admiración a la vez, y si era favorecido -las cicatrices en la cara cotizaban alto- se hacía con la niña guapa de la clase, se quedaba con la muñeca tras robarte el bocadillo o dejarte en evidencia delante de todos.
Pero era el Repetidor único e intransferible, como la verdad. En toda aula había uno, dos o como mucho tres repetidores. Ni uno más. Casta privilegiada, sólo unos pocos estaban llamados a cumplir más años de penitencia escolar. Eran necesarios por cuanto excepcionales. Sin embargo, ayer escuché que, apenas diez años más tarde de esa EGB, ese BUP COU que me tocó vivir, el 30 por ciento de los alumnos son repetidores. Vamos, que prácticamente 1 de cada 3 repite, con la consiguiente caída del mito. Antes nadie llevaba esas zapatillas, y te sentías especial con tu vaca sagrada, ahora das una patada y salen de las alcantarillas...
¿Qué está ocurriendo con la educación? ¿Estamos creando monstruos? Esquejes que pueden repetir con tres pencos y no necesitan de la reválida de septiembre, ese mes fatídico. Se acabaron los días de cuchillos largos en junio, con el pánico generalizado ante el reparto de las notas... José Luis Ripollez, Paco Rentería, Manuel Antonio Ricorchez, Clara Ronquete... Uno a uno desfilábamos por la mesa del profesor para recoger ese papel entre verde blanco impreso a puntitos. Desde la empollona que decía que le iban a quedar dos y sacaba ocho sobresalientes, hasta el fantasma Torres del Pinete que apostaba por salir limpio y le llovían los cates hasta en el carné de identidad.
Al Repetidor le solían caer seis o siete para septiembre. Si le quedaban tres, eso quería decir que había colgado las botas, y al curso siguiente aparecía con gafas y la mochila a dos asas.
Hoy apenas pervive el Repetidor, sólo hay repetidores. Descanse en paz pues... Y a las ocho en la calle Roma.
Irene — 23-11-2005 16:31:14
Molarrán — 23-11-2005 18:01:28
goncho — 24-11-2005 17:26:28
Carlos — 28-11-2005 15:24:30