No se por qué vine. Sí, yo escuché al Inquilino Comunista. Pero nunca pensé que pudiera convertirme en inquilino huésped de la China roja. En el Lejano Oriente, este falso alarde soviético se hunde y claudica ante lo peor de Occidente. Pero resiste la tradición milenaria. Y suscita la sensación del extranjero, de aquel que siente vive en otro mundo. Aquí hay fecha de entrada, pero no de salida. Sólo un mundo de tribulaciones por delante y un periodista al servicio del imperio rojo.